Sin duda alguna, uno de los días
más
felices que vives como médico es cuando recibes tu cédula
profesional, ya que representa la placa que te identifica como profesional de
la salud, como un profesionista en toda la extensión de la
palabra; te sientes orgulloso de ese distintivo que te permite incurrir en una
serie de interacciones con los pacientes, con la sociedad y que te conduce a
separarte del resto, puesto que gracias a ese engorroso y tardado trámite
que tuviste que hacer para obtenerla, el recibir la cédula
profesional significa que podrás trabajar y solicitar una retribución
justa por tus servicios. Así también, ese pedazo de plástico
con un número consecutivo, con tu imagen estampada y tu firma,
representa en sí la culminación de una serie de esfuerzos y
sacrificios, el final de un camino empedrado que a base de tropezones, regaños,
desveladas, estudio y muchas privaciones (sociales y personales) ¡lograste
cruzar!, simboliza a todos tus compañeros y profesores que siempre estuvieron
ahí y que de una u otra forma te motivaron a continuar y superar
tus fallas y tus desaciertos, representa para ti, la retribución
algo injusta para tu familia y amigos que tras seis años (2,190 días,
con sus noches) te brindaron su apoyo físico, personal y hasta monetario y que
de esa manera esperas tú hacerles ver que todo lo que hicieron
por ti no fue en vano y que esperas que se sientan orgullosos de ti.
Lamentablemente, esa pequeña
efeméride en tu vida, que para muchos pasará desapercibida
al pasar de los años, pero que para otros representará su día
de nacimiento profesional, perderá rápidamente el valor
sentimental-profesional y será opacada por un sin número
de contrariedades, ya que, pese a que para ti en ese momento representa el
final del camino de la formación, no representa el destino final y que
si bien atravesaste por un sendero empedrado, el camino que te toca ahora cruzar
es uno escarpado y lleno de precipicios. Además te das cuenta que la figura del
emblema que representas, ya carece de sentido, puesto que el médico
o el Doctor, ya no es esa ¡figura de autoridad! De la comunidad
como quedó alguna vez asentado en las historias anecdóticas
que los médicos, de mayor rango y edad, transmitían a sus
alumnos en las aulas ya sea de los planteles escolares o de los Hospitales y clínicas
donde se formaron, si no que más bien poco a poco se nos ha ido
identificando más como mercenarios y en el mejor de los casos como proveedores
de servicios y digo en el mejor de los casos, porque el quehacer médico
está lleno de historias en donde los pacientes, con un tono
altanero y casi casi despótico, llegan exigiendo se les otorgue
consulta o más bien, llegan exigiendo se les dé la receta con
los medicamentos que ellos quieren, porque siendo realistas, el 90% de la
población que acude a consulta, tiene la ferviente noción
de que todo se cura con medicamentos y que gracias a una “píldora”
mágica
se olvidarán de todos sus achaques y problemas. Ven entonces a un “Dealer”
con bata blanca y quien está socialmente aceptado para surtir de
drogas a cuantas personas se le acerquen; convierten a la receta en un boleto
con destino a la sanación y tachan de mal médico
a aquellos o aquellas que no dan este pedacito de papel con letra ilegible y
que les abrirá la puerta al paraíso terrenal; es por eso que nos miran
con indignación cuando después de habernos pagado una retribución
justa (si es que consideran justa las retribuciones de los consultorios del “Dr.
Simi” y de Farmacias del estilo), el tratante los despacha tan sólo
con un “mejore la dieta, no coma a deshoras y haga ejercicio”,
justo ahí, al salir del consultorio es cuando escupen insultos,
profieren maldiciones y se largan con un enojo tal, que en lugar de hacer caso
y observar que la solución a sus problemas de salud se corrige
con algo sencillo (pero que a veces no es fácil), y se embarcan en un largo
peregrinar entre consultorio y consultorio hasta llegar a aquél
en el que recibirán lo que están buscando: una receta con un
medicamento muy caro que piensan solucionará sus malos hábitos
alimenticios y mejor aún, ¡sin hacer esfuerzo alguno!.
Nos tachan de asesinos, de
mercenarios de la muerte (como si la muerte nos pagara por cada paciente que se
lleva), nos persiguen y nos difaman; aseguran y buscan negligencia médica
o mal praxis, cuando no ven que si el paciente murió, muchas veces
es porque éste llegó en un estado de salud tan deplorable
que biológicamente el cuerpo maltrecho del sujeto en crisis no iba a
resistir el estrés al que todavía se le tenía que someter
para tratar de salvarle la vida. Los hospitales se llenan de pacientes que en
su mayoría no tenían que estar ahí y que su
desapego al tratamiento los condujo que a lo largo de los años llegaran a complicaciones que pudieron
prevenirse y dado que la mala organización y distribución de nuestros
recursos de salud no permite tener el abasto necesario para satisfacer las
necesidades de todos, pues lamentablemente un porcentaje muy pequeño
se logra recuperar de manera satisfactoria.
Esta reflexión
surge a partir de los eventos acontecidos en semanas anteriores, con la fundación
del movimiento #yosoy17 y la marcha que trajo consigo, y es que si bien soy médico,
también he sido paciente y pese a que mi postura pudiera asemejar
que estoy defendiendo al gremio, tampoco puedo afirmar que sigo ciegamente a
los médicos o a los en este caso opositores, porque considero que sí,
existen injusticias, pero también hay personas que en verdad incurren en
delitos severos en contra de las personas que por medio del Juramento Hipocrático,
prometimos cuidar, porque como dice el viejo refrán “en todos lados se cuecen habas”.
Yo soy médico, pero
desde hace 8 años me desenvuelvo en la Investigación, pertenezco
a los pocos que deciden trabajar en la Industria Farmacéutica (una
industria por demás satanizada) y se me ha visto como parte de la “mafia”
incluso por mis propios compañeros del gremio. Si menciono lo anterior
es para que se entiendan dos cosas; la primera, no porque ya no de consulta
estoy alejado de los pacientes, y segundo, si me alejé de la manera
habitual de realizar la praxis médica es en parte, a las actitudes que
toman la mayoría de las personas, actitudes que se ven tanto en el quehacer
clínico como en el de la investigación. Muchas
veces aquí en la empresa me llaman “inge”, paso por un trabajador administrativo
y se olvidan la mayoría de las veces de mi profesión,
miran con extrañeza a los que me dicen “Doc” y se imaginan que es porque tengo algún
doctorado (tal vez algún día lo tenga), paso inadvertido porque no
porto la bata blanca ni un estetoscopio, no doy consulta y no estoy en un
consultorio, si no que más bien en un cubículo de
trabajo; pero, sin lugar a dudas, todos recurren a mi cuando les conviene, y
digo cuando les conviene, porque más allá de que si soy o no un buen médico,
de que si mis diagnósticos son acertados o no, acuden con un
servidor porque soy la opción más rápida y cercana y de fácil
acceso, ya que conmigo no tienen que hablar a la extensión del médico
que está a cargo de la salud del personal, y ver si está
disponible o si se encuentra si quiera en la empresa. Acuden a mí,
porque sólo buscan obtener la tan preciada receta en donde obtendrán
la cura “mágica” al problema que están
padeciendo y suponen (y suponen mal) que con un tímido “gracias” es el pago justo al servicio que les
acabo de brindar, es decir que buscan obtener gratis lo que desean (ya que a mí
no me pagan por dar consulta). Y ¿qué pasa cuando me niego a darles la asesoría?,
¿Cuándo
los refiero a mi compañero médico?, me miran con desprecio y dudan de
mis capacidades como médico e incluso me tachan de negligente y
hay algunos que incluso aluden al Juramento Hipocrático parafraseándolo
y terminando con un “¿no se supone que eres médico
y que velas por la salud de los demás?”. En este caso en particular, no les
brindo la asesoría no por que no sean mis amigos, o por que no esté
de buen humor, sino que porque me apego al tan socorrido juramento (pongan un
poco de sarcasmo a esto último) y de una manera les estoy
expresando que yo no doy consultas ni por teléfono, ni en el pasillo, ni en el
comedor; porque hacerlo así sería una imprudencia de mi parte y al no
poder realizar una exploración adecuada y un interrogatorio dirigido
el tratamiento que me exigen puede no ser el adecuado y en realidad los estaría
dañando en lugar de procurar su salud.
¿Pero, por qué lo siguen
haciendo?, porque justamente los que fungen como pacientes no lo entienden, no
les es posible asimilar que nosotros no somos máquinas expendedoras que con sólo
introducir el importe y apretar un botón, vamos a expedir el artículo
que están solicitando; la salud, es un proceso en el que intervienen
muchos factores y dos de ellos son tanto el médico como el paciente.
Algo que me hizo observar el
movimiento #yosoy17, fue que tal vez ya estamos hartos de que recaigan las
culpas en las personas que no deben de cargarlas, y que el suceso que
desencadenó las manifestaciones en las calles de las ciudades y de las
redes sociales, fue la gota que derramó el vaso. Aun así, no se me
quita el sabor de boca de que fue una agresión mediática, que propició una reacción
de la misma manera y con una magnitud mayor para hacer valer nuestra voz y
hacernos escuchar.
Todo este proceso mental por el
que he querido llevarles es básicamente para hacerlos y hacernos
reflexionar, lograr hacer entender que no hay bandos buenos o malos y que las
acciones de unos no hay que generalizarlas; conceptualizar que, como un amigo
me hizo ver, la negligencia, según la RAE, es el descuido o la falta de cuidado, y que además
este descuido no es exclusivo de ningún sector, un paciente puede ser
negligente al no consumir su medicamento en el horario establecido y no hacer
el ejercicio recomendado, como también puede ser un médico
negligente por dar una “consulta de pasillo”
y recetarle antidepresivos a una paciente que no lo requiere.
No comments:
Post a Comment