Tuesday, July 22, 2014

Mercenarios de la Muerte


Sin duda alguna, uno de los días más felices que vives como médico es cuando recibes tu cédula profesional, ya que representa la placa que te identifica como profesional de la salud, como un profesionista en toda la extensión de la palabra; te sientes orgulloso de ese distintivo que te permite incurrir en una serie de interacciones con los pacientes, con la sociedad y que te conduce a separarte del resto, puesto que gracias a ese engorroso y tardado trámite que tuviste que hacer para obtenerla, el recibir la cédula profesional significa que podrás trabajar y solicitar una retribución justa por tus servicios. Así también, ese pedazo de plástico con un número consecutivo, con tu imagen estampada y tu firma, representa en sí la culminación de una serie de esfuerzos y sacrificios, el final de un camino empedrado que a base de tropezones, regaños, desveladas, estudio y muchas privaciones (sociales y personales) ¡lograste cruzar!, simboliza a todos tus compañeros y profesores que siempre estuvieron ahí y que de una u otra forma te motivaron a continuar y superar tus fallas y tus desaciertos, representa para ti, la retribución algo injusta para tu familia y amigos que tras seis años (2,190 días, con sus noches) te brindaron su apoyo físico, personal y hasta monetario y que de esa manera esperas tú hacerles ver que todo lo que hicieron por ti no fue en vano y que esperas que se sientan orgullosos de ti.

Lamentablemente, esa pequeña efeméride en tu vida, que para muchos pasará desapercibida al pasar de los años, pero que para otros representará su día de nacimiento profesional, perderá rápidamente el valor sentimental-profesional y será opacada por un sin número de contrariedades, ya que, pese a que para ti en ese momento representa el final del camino de la formación, no representa el destino final y que si bien atravesaste por un sendero empedrado, el camino que te toca ahora cruzar es uno escarpado y lleno de precipicios. Además te das cuenta que la figura del emblema que representas, ya carece de sentido, puesto que el médico o el Doctor, ya no es esa ¡figura de autoridad! De la comunidad como quedó alguna vez asentado en las historias anecdóticas que los médicos, de mayor rango y edad, transmitían a sus alumnos en las aulas ya sea de los planteles escolares o de los Hospitales y clínicas donde se formaron, si no que más bien poco a poco se nos ha ido identificando más como mercenarios y en el mejor de los casos como proveedores de servicios y digo en el mejor de los casos, porque el quehacer médico está lleno de historias en donde los pacientes, con un tono altanero y casi casi despótico, llegan exigiendo se les otorgue consulta o más bien, llegan exigiendo se les dé la receta con los medicamentos que ellos quieren, porque siendo realistas, el 90% de la población que acude a consulta, tiene la ferviente noción de que todo se cura con medicamentos y que gracias a una píldora mágica se olvidarán de todos sus achaques y problemas. Ven entonces a un Dealer con bata blanca y quien está socialmente aceptado para surtir de drogas a cuantas personas se le acerquen; convierten a la receta en un boleto con destino a la sanación y tachan de mal médico a aquellos o aquellas que no dan este pedacito de papel con letra ilegible y que les abrirá la puerta al paraíso terrenal; es por eso que nos miran con indignación cuando después de habernos pagado una retribución justa (si es que consideran justa las retribuciones de los consultorios del Dr. Simi y de Farmacias del estilo), el tratante los despacha tan sólo con un mejore la dieta, no coma a deshoras y haga ejercicio, justo ahí, al salir del consultorio es cuando escupen insultos, profieren maldiciones y se largan con un enojo tal, que en lugar de hacer caso y observar que la solución a sus problemas de salud se corrige con algo sencillo (pero que a veces no es fácil), y se embarcan en un largo peregrinar entre consultorio y consultorio hasta llegar a aquél en el que recibirán lo que están buscando: una receta con un medicamento muy caro que piensan solucionará sus malos hábitos alimenticios y mejor aún, ¡sin hacer esfuerzo alguno!.

Nos tachan de asesinos, de mercenarios de la muerte (como si la muerte nos pagara por cada paciente que se lleva), nos persiguen y nos difaman; aseguran y buscan negligencia médica o mal praxis, cuando no ven que si el paciente murió, muchas veces es porque éste llegó en un estado de salud tan deplorable que biológicamente el cuerpo maltrecho del sujeto en crisis no iba a resistir el estrés al que todavía se le tenía que someter para tratar de salvarle la vida. Los hospitales se llenan de pacientes que en su mayoría no tenían que estar ahí y que su desapego al tratamiento los condujo que a lo largo de los años  llegaran a complicaciones que pudieron prevenirse y dado que la mala organización y distribución de nuestros recursos de salud no permite tener el abasto necesario para satisfacer las necesidades de todos, pues lamentablemente un porcentaje muy pequeño se logra recuperar de manera satisfactoria.

Esta reflexión surge a partir de los eventos acontecidos en semanas anteriores, con la fundación del movimiento #yosoy17 y la marcha que trajo consigo, y es que si bien soy médico, también he sido paciente y pese a que mi postura pudiera asemejar que estoy defendiendo al gremio, tampoco puedo afirmar que sigo ciegamente a los médicos o a los en este caso opositores, porque considero que sí, existen injusticias, pero también hay personas que en verdad incurren en delitos severos en contra de las personas que por medio del Juramento Hipocrático, prometimos cuidar, porque como dice el viejo refrán en todos lados se cuecen habas.

Yo soy médico, pero desde hace 8 años me desenvuelvo en la Investigación, pertenezco a los pocos que deciden trabajar en la Industria Farmacéutica (una industria por demás satanizada) y se me ha visto como parte de la mafia incluso por mis propios compañeros del gremio. Si menciono lo anterior es para que se entiendan dos cosas; la primera, no porque ya no de consulta estoy alejado de los pacientes, y segundo, si me alejé de la manera habitual de realizar la praxis médica es en parte, a las actitudes que toman la mayoría de las personas, actitudes que se ven tanto en el quehacer clínico como en el de la investigación. Muchas veces aquí en la empresa me llaman inge, paso por un trabajador administrativo y se olvidan la mayoría de las veces de mi profesión, miran con extrañeza a los que me dicen Doc y se imaginan que es porque tengo algún doctorado (tal vez algún día lo tenga), paso inadvertido porque no porto la bata blanca ni un estetoscopio, no doy consulta y no estoy en un consultorio, si no que más bien en un cubículo de trabajo; pero, sin lugar a dudas, todos recurren a mi cuando les conviene, y digo cuando les conviene, porque más allá de que si soy o no un buen médico, de que si mis diagnósticos son acertados o no, acuden con un servidor porque soy la opción más rápida y cercana y de fácil acceso, ya que conmigo no tienen que hablar a la extensión del médico que está a cargo de la salud del personal, y ver si está disponible o si se encuentra si quiera en la empresa. Acuden a mí, porque sólo buscan obtener la tan preciada receta en donde obtendrán la cura mágica al problema que están padeciendo y suponen (y suponen mal) que con un tímido gracias es el pago justo al servicio que les acabo de brindar, es decir que buscan obtener gratis lo que desean (ya que a mí no me pagan por dar consulta). Y ¿qué pasa cuando me niego a darles la asesoría?, ¿Cuándo los refiero a mi compañero médico?, me miran con desprecio y dudan de mis capacidades como médico e incluso me tachan de negligente y hay algunos que incluso aluden al Juramento Hipocrático parafraseándolo y terminando con un “¿no se supone que eres médico y que velas por la salud de los demás?. En este caso en particular, no les brindo la asesoría no por que no sean mis amigos, o por que no esté de buen humor, sino que porque me apego al tan socorrido juramento (pongan un poco de sarcasmo a esto último) y de una manera les estoy expresando que yo no doy consultas ni por teléfono, ni en el pasillo, ni en el comedor; porque hacerlo así sería una imprudencia de mi parte y al no poder realizar una exploración adecuada y un interrogatorio dirigido el tratamiento que me exigen puede no ser el adecuado y en realidad los estaría dañando en lugar de procurar su salud.

¿Pero, por qué lo siguen haciendo?, porque justamente los que fungen como pacientes no lo entienden, no les es posible asimilar que nosotros no somos máquinas expendedoras que con sólo introducir el importe y apretar un botón, vamos a expedir el artículo que están solicitando; la salud, es un proceso en el que intervienen muchos factores y dos de ellos son tanto el médico como el paciente.

Algo que me hizo observar el movimiento #yosoy17, fue que tal vez ya estamos hartos de que recaigan las culpas en las personas que no deben de cargarlas, y que el suceso que desencadenó las manifestaciones en las calles de las ciudades y de las redes sociales, fue la gota que derramó el vaso. Aun así, no se me quita el sabor de boca de que fue una agresión mediática, que propició una reacción de la misma manera y con una magnitud mayor para hacer valer nuestra voz y hacernos escuchar.

Todo este proceso mental por el que he querido llevarles es básicamente para hacerlos y hacernos reflexionar, lograr hacer entender que no hay bandos buenos o malos y que las acciones de unos no hay que generalizarlas; conceptualizar que, como un amigo me hizo ver, la negligencia, según la RAE, es el descuido o  la falta de cuidado, y que además este descuido no es exclusivo de ningún sector, un paciente puede ser negligente al no consumir su medicamento en el horario establecido y no hacer el ejercicio recomendado, como también puede ser un médico negligente por dar una consulta de pasillo y recetarle antidepresivos a una paciente que no lo requiere.

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